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Corresponderte, corresponderme

Corresponderte, corresponderme, abandonar armaduras, negarnos a la máscara y ser valientes para amar sin coraza. Desnudar el ser, y serlo delante tuyo. Abrirme a que mi desnudez no te guste, y aceptar que tal vez, las heridas puedan acorazarnos de nuevo. Para regresar después, una y otra vez a casa, a mi esencia y a mi raíz. Para que mañana amor, cuando me mires, veas de nuevo quién soy, yo y mis otras mil mujeres. Para verte nitidamente también, sin filtros, y honrar la verdad que existe entre nosotros.

Salvarte

Hacer las cosas por tí, porque así lo esperas. Porque eso has proyectado en mí. Porque me convierto sin desearlo en realidad, en un cumplidor de tus sueños. Salvarte a tí de tu dolor, de tu falta de tí misma. Querer abrazar tu carencia pensando equívocamente que eso es un acto de amor. 


O viceversa…. esperar que hagas eso o aquello que tanto anhelo. Que me busques, que me esperes, que lo hagas así, o de otra forma. Y enojarme si eso no ocurre. Y contactar con un dolor que te entrego, otorgándote un poder que en el fondo, no te pertenece . Victimizarme, para no hacerme responsable de esa carencia, para no ocuparme de mí y de lo que yo hago con lo que ocurre fuera, contigo, y con la vida.


Que tal si nos ocupamos pues de nuestros asuntos? Qué tal si desde un lugar amable para mí misma, soy capaz de averiguar cuáles son mis necesidades? Y si a fuera, lo que ocurre no es correspondido con esa necesidad, qué tal si también nos ocupamos de ello? Desde mí. Ese es el único lugar desde donde tomamos decisiones responsables. Desde el mirarme y decidir si lo de fuera resuena o no conmigo Es la única dirección donde sí o sí encontraré la verdad.

Tú mi espejo.

Tú, amigo, tú, amiga, tú, mi pareja, tú, mi hijo, mi mamá, mi jefe, mi empleado, mi compañero. Tú, que estás cerca, y te relacionas conmigo. Espejo que refleja aquello que más que de tí, habla de mí.

Qué adoro de tí? Qué detesto? Qué critico? Qué acepto? En realidad, todo eso no habla tanto de tí. Porque si lo veo en tí, es que yo también lo tengo.


Qué pasaría si tomáramos conciencia de que el otro es tan solo un reflejo? Si aceptáramos la loca idea de que podría tomar mi entorno como un master brutal de mí mismo? 

Muchas, tantas veces, me quejo de aquello que está fuera. De mi pareja, de mi trabajo, de mi madre, de mis amigos. Me quejo de eso que hay en ellos que me molesta, que me rompe o me enfada. Cuántas veces una pareja se empecina en discutir, en hacerse ver, el uno al otro, lo mal que hacen esto, o aquello. Una discusión a veces no es más que una lucha de poder. Tantas veces el contenido no importa, tantas veces ni siquiera escuchamos. Parar y preguntarse a uno mismo, qué hago yo, para que las cosas sean como son?

Parar y preguntarse qué hay en mí, del otro, que tanto me molesta?

Muy a menudo las personas que nos rodean no solo son un espejo de nosotros mismos, sinó también una oportunidad para que podamos aceptar el “efecto espejo”. Callar el ruido y el ansia de ganar, y mirarse. Y dejar que el silencio nos guíe. Sin pretensión, abriéndonos a la posibilidad de que realmente, y en esencia, las cosas que me ocurren tienen que ver más conmigo, que con el otro. Que si aceptamos la responsabilidad de lo que sucede en nuestra vida, si asentimos a la parte que yo hice para que esto, o aquello, sea como es, algo cambia de una manera profunda. Y hay espacio para los cambios reales, aquellos que solo se dan cuando uno suelta, cuando uno acepta que quizás, la vida no es cuestión de tener razón. Y cuando yo cambio, cuando yo me muevo, el mundo cambia y se mueve conmigo.
Auto-responsabilidad. Ese es el camino que más fastidia, y a la vez, más libera. 

Amar..

Amar tu corazón. Ese lugar dulce y misterioso, que me revela cosas de mí misma que ni siquiera yo sabía.

Permitir que tus manos me aprieten,  enseñándome a amar de nuevo, tras cenizas que al final, curiosamente, resultaron ser abono.


Y esa pregunta, tan y tan al fondo de mi pecho. Qué sería hoy de la vida si tus huellas no se confundieran con las mías…? Tenías razón, amor. Quizás no exista esa casualidad, que hizo que nos esperásemos hasta este preciso punto. En el que te miro en la justa distancia. En la que me acerco con prisa para amarte, rápido, y me retiro lento, para seguir respirando tu esencia.

Sentir que agoté todos los caminos, que subí montañas que me llevaron a entender que, a veces, un terco vacío nos espera en la cima. Y a quién importaba tanto sacrificio. Me río. 


Y abandonarme, tal día, a la obviedad de que, en el amor, la vida sabía más que yo.
Al fin, despierto en mañanas tibias detrás de tu espalda. Sabiendo de tu piel, un bálsamo que regala la certeza más absoluta que jamás podría haber imaginado. Llenándonos de nosotros, y de lo que eso significa. 

Arriesgar y ser quien soy.

Sería como atentar contra la vida. Doler a mi esencia, abandonar mi núcleo. Sería matarme un poquito, traicionar a mi cuerpo. Vivir en superfície, no escuchar esa voz que silenciosa, es capaz de mover todo lo que piso. 
Vivir sin ser quién soy. Vivir, porque eso es lo que toca…
Qué ocurre cuando en cambio, me arriesgo, me atrevo, y soy, desde mis entrañas, mis adentros. Soy quién soy. Algo se abre tras el miedo. Te lo aseguro. Algo se abre. Y adrede, suelto lo que no me sirve. Y adrede, hundo mis raíces en algo que es sólo propio. Y me da igual si no te gusta, si no les gusta, si al mundo entero no le gusta. Porque vivo en mi esencia, porque no hay manta más caliente que la que se siente cuando decido VIVIR siendo quién soy.

Intimidad

Quiero verte, mirarte.
Quiero sentir quién eres y qué es lo que te trajo aquí, a mi lado.

Quiero sentir más allá del cuerpo, y espero que no te asustes. Porque en mi intimidad hay historias no contadas, hay sueños, miedo, ilusiones, lágrimas, risa, piel. Hay desnudez, que te confío porque yo sé que la vas a cuidar.


Quiero saber de tu intimidad. Que no es cuerpo, o sexo. Quiero saber de tu intimidad, aquella que siente. La que se asusta, la que se empodera, la que a veces se pierde, y se reencuentra. Quiero el silencio, que sucede mágico cuando dos personas se reconocen. Como una música que encuentra quién la interprete. 


Quiero que seas tú, con todas tus notas. Con todas tus teclas. Te lo pido, no me escondas ninguna. Las amo todas. Las que suenan como pájaros cantando, y las que chirrían como una puerta vieja.

Amo esa imperfección, y a esas luchas internas que a veces confiesas. Porque también son las mías, porque son tan parecidas a mis tormentas, que no se me ocurre mejor idea que hacerlas sonar. Fuerte, al unísono. Esa es la intimidad que nos deseo. La que va a romper barreras, si es que jamás existieron. La que va a permitir que me conozcas, más allá de los muros, paredes y resistencias. Porque amarte es darte esa intimidad. La que florece frágil, entre nosotros, sin lucha.

Zona de confort

En mi zona de confort hay algo sutil, silencioso, que se mueve en la profundidad. Es algo que habla, pero podría vivir toda la vida sin escucharlo. Es algo que se siente, pero es fácil disimular y hacer ver que no existe.


Hasta que un día ocurre algo. No sabemos por qué, pero ocurre. Puede tener forma de persona, de viaje. Puede aparecer como una dificultad profunda en seguir formando parte de algo, o puede ser una pérdida, una oportunidad. No sabemos por qué, pero ocurre, sí. La vida es así de curiosa. Vivencias exactas que nos motivan a salir de ese lugar tan conocido. Oportunidades disfrazadas de conflicto, incluso de molestia. Y entonces, sucede. Se desata la guerra dentro del cuerpo. El miedo y la esperanza entran en una batalla incansable. Y tú miras en la distancia, en el borde de un abismo que parece amenazarte con una caída sin final. Pánico, parálisis, pasos que deshacen el camino que llegó hasta aquí. Boicot, resistencia.


Pero amigo, amiga. Qué vinimos a hacer al mundo, si no es vivir? Experimentar, soltar lo que no nos mueve? 
Y tras ese abismo, al otro lado, espera la fertilidad de la incerteza. El lugar donde hay lo nuevo haciéndose posible. Y no, no es seguro, te lo aseguro. Y qué suerte tenemos de que así sea. 

No quiero perderme en tí

No quiero desaparecer, perdida en tí, y eso no significa quererte menos. Quiero estar presente, en mí misma, y escuchar mi voz, mi música, mi sentir, y todo aquello que también soy, sin tí.

Y quiero mirarte, a tí también, con mis raíces profundamente ancladas en mi esencia. Para que cuando me mires, veas claramente quién soy, para que cuando te mire, vea claramente quién eres. Y podremos fundirnos, cuando así lo queramos, y de repente convertirnos en uno solo. Y después, poder retirarnos, volviendo a nuestras esencias, tomando fuerza de lo propio.

Porque sin tí, amor, también soy muy feliz…

Qué será de nosotros

Cuando te miro, totalmente absorta, con esta dulce música de fondo, me pregunto qué será de nosotros. Cuando te miro, amor, y no consigo encontrar un ápice de tu ser que no me parezca absolutamente perfecto, me pregunto, qué es lo que pasará.


Qué pasará, el día en que mi cuerpo ya no tenga esa chispa intrínseca a la novedad, en el que hoy te pierdes y exploras como si de un bosque encantado se tratara. Qué pasará, el día en que estos ojos tuyos que hoy me miran, no causen esta explosión casi insostenible en mi interior, que desata tal intensidad, que me desbordo, navegando entre la alegría y el miedo a perderte. 
Cómo sostendremos el saber que la transformación es inevitable?


Que tu y yo, amor, trascendamos ese cambio, dependerá de qué permanece el día en que la química se diluya, el día en que sepamos que este baile loco de hoy, terminó. Y quién sabe. Quizás queramos seguir en ese andar más sereno, más de compañeros, más de amigos, también de amantes y muy de cómplices. En un andar donde existan destellos y la estela que rememore los primeros tiempos.

Amando, y cuidando nuestras luces y nuestras sombras. Porque al que amo hoy, yo sé, no es del todo real. Porque a la que amas hoy, deberías saber, no es del todo real. Sabiéndolo, tal día, la caída quizás será mas suave, y con suerte, nos amaremos mejor.

Ser la teva mare

Hi va haver un dia que vaig ser filla. I hi havia uns braços tebis que acollien les meves alegries, la ràbia, el dolor i la por a un món que ni tan sols coneixia.

Així era aprendre a viure, sentint, sorprenent-me, jugant, caient a terra i tornant-me a aixecar. I els teus braços, mare, éren els que em van ajudar a sostenir aquella intensitat, aquella escalfor de la sang viatjant per dins meu. Vida. Sentir, riure, plorar, cridar. I sempre, aquelles teves mans calentes, el silenci i la pau abans d’anar a dormir.

Mare, vaig projectar en tu una dona que ho podia tot. Que podia arrencar els meus mals amb una abraçada, que tenia la màgia absoluta de fer que les ferides deixéssin de coure, arraulida al teu llit. 
I ara, mare…la mare sóc jo. Quin viatge de tornada tan intens. Quan veig aquests petits ulls mirant-me, en la justa distància que amb prou feines em fa humana. En aquella distància que em converteix en la fetillera de tots els contes existents, en la fada madrina i la llum de tots els estels de cop. Quina feina tinc per endavant, per explicar als meus fills que jo encara ploro, i que l’amor és l’únic que mai els podré negar. Quina feina tinc en acceptar que un dia els caurà el mite i m’odiaran una miqueta. I en aquell punt t’entendré també a tu, mare, i a les teves imperfeccions. I el temps serà el bàlsam que tanqui el cercle, amortitzant l’impacte que em va causar descobrir que tu, mare, també érets humana.