Tú mi espejo.

Tú, amigo, tú, amiga, tú, mi pareja, tú, mi hijo, mi mamá, mi jefe, mi empleado, mi compañero. Tú, que estás cerca, y te relacionas conmigo. Espejo que refleja aquello que más que de tí, habla de mí.

Qué adoro de tí? Qué detesto? Qué critico? Qué acepto? En realidad, todo eso no habla tanto de tí. Porque si lo veo en tí, es que yo también lo tengo.


Qué pasaría si tomáramos conciencia de que el otro es tan solo un reflejo? Si aceptáramos la loca idea de que podría tomar mi entorno como un master brutal de mí mismo? 

Muchas, tantas veces, me quejo de aquello que está fuera. De mi pareja, de mi trabajo, de mi madre, de mis amigos. Me quejo de eso que hay en ellos que me molesta, que me rompe o me enfada. Cuántas veces una pareja se empecina en discutir, en hacerse ver, el uno al otro, lo mal que hacen esto, o aquello. Una discusión a veces no es más que una lucha de poder. Tantas veces el contenido no importa, tantas veces ni siquiera escuchamos. Parar y preguntarse a uno mismo, qué hago yo, para que las cosas sean como son?

Parar y preguntarse qué hay en mí, del otro, que tanto me molesta?

Muy a menudo las personas que nos rodean no solo son un espejo de nosotros mismos, sinó también una oportunidad para que podamos aceptar el “efecto espejo”. Callar el ruido y el ansia de ganar, y mirarse. Y dejar que el silencio nos guíe. Sin pretensión, abriéndonos a la posibilidad de que realmente, y en esencia, las cosas que me ocurren tienen que ver más conmigo, que con el otro. Que si aceptamos la responsabilidad de lo que sucede en nuestra vida, si asentimos a la parte que yo hice para que esto, o aquello, sea como es, algo cambia de una manera profunda. Y hay espacio para los cambios reales, aquellos que solo se dan cuando uno suelta, cuando uno acepta que quizás, la vida no es cuestión de tener razón. Y cuando yo cambio, cuando yo me muevo, el mundo cambia y se mueve conmigo.
Auto-responsabilidad. Ese es el camino que más fastidia, y a la vez, más libera.