Amar..

Amar tu corazón. Ese lugar dulce y misterioso, que me revela cosas de mí misma que ni siquiera yo sabía.

Permitir que tus manos me aprieten,  enseñándome a amar de nuevo, tras cenizas que al final, curiosamente, resultaron ser abono.


Y esa pregunta, tan y tan al fondo de mi pecho. Qué sería hoy de la vida si tus huellas no se confundieran con las mías…? Tenías razón, amor. Quizás no exista esa casualidad, que hizo que nos esperásemos hasta este preciso punto. En el que te miro en la justa distancia. En la que me acerco con prisa para amarte, rápido, y me retiro lento, para seguir respirando tu esencia.

Sentir que agoté todos los caminos, que subí montañas que me llevaron a entender que, a veces, un terco vacío nos espera en la cima. Y a quién importaba tanto sacrificio. Me río. 


Y abandonarme, tal día, a la obviedad de que, en el amor, la vida sabía más que yo.
Al fin, despierto en mañanas tibias detrás de tu espalda. Sabiendo de tu piel, un bálsamo que regala la certeza más absoluta que jamás podría haber imaginado. Llenándonos de nosotros, y de lo que eso significa.