Ya no te escondo

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Antes, cuando te miraba, sentía rabia. Porque aparecías en el peor de los momentos. Porque por más que trataba de esconderte, salías a la luz a pasearte, avergonzándome, cuando menos lo necesitaba. Y entorpecías mi camino, porque al intentar empequeñecerte, te revelabas, augmentando aún mas tu tamaño, haciéndote dueño de mi vida.
Hubo un día que, ya cansada, y por probar, me senté delante tuyo, y simplemente, te escuché.
Y de repente, eso a lo que temía, aquello que tanto pretendía esconder, tenía sus propias razones de ser. Y tuve ganas de abrazarte, de pedirte disculpas, porque ví que solo buscabas el lugar que te correspondía. Solo querías ser visto.

Te pido disculpas, sombra. Porque creo que nunca había caído en la cuenta de lo tierno de tu esencia, y de lo importante que eres para mí.
Desde entonces, respetas mucho más mi espacio. Desde que te miro, y te escucho, no te enfadas ni sales sin avisar. Bueno. Ya no lo haces tanto.

Y últimamente, incluso me atrevo a hablar del monstruo que vive en mi casa, ya no en el sótano, sinó en un lugar digno.

Esa es mi sombra, esa es mi herida. Y esa soy yo también, guste a quién guste.